Yo no sé si esto es una historia que parece un cuento o un cuento que parece historia; lo que puedo decir es que en su fondo hay una verdad muy triste de la que acaso yo sere uno de los últimos en aprovecharme, dadas mis condiciones de imaginación
Manrique amaba la soledad, y la amaba de tal modo que algunas veces hubiera deseado no tener sombra, porque su sombra no le siguese a todas partes.
Amaba la soledad porque en su seno, dando rienda suelta a la imaginación, forjaba un mundo fantástico, habitado por extrañar creaciones, hijas de sus delirios y sus ensueños de poeta.
Creía que en el fondo de las ondas del río, entre los musgos de la fuente y sobre los vapores del lago vivían unas mujeres misteriosas, hadas, sílfides u ondinas que exhalaban lamentos y suspiros o cantaban y se reían en el monótono rumor del agua, rumor que oía en silencio, intentando traducirlo. ¡Amar! había nacido para soñar el amor, no para sentirlo.
Algunas veces llegaba su delirio hasta el punto de quedarse una noche entera mirando la luna.
El amor, es un rayo de luna. La gloria, es un rayo de luna.
Manrique no quería nada, bueno sí quería que lo dejaran solo.
- Mentiras todo, fantasmas vanos que formamos en nuestra imaginación y vestimos a nuestro antojo, y los amamos y corremos tras ellos, ¿para qué?, para encontrar un rayo de luna.
Manrique estaba loco; por lo menos todo el mundo lo creía así. A mí por el contrario, se me figura que lo que había hecho era recuperar el juicio.
GUSTAVO BÉCQUER
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